Salieri no quiere salir de su cuarto, por eso intentan tentarlo con algunos postres. Para entrar en confianza con la esposa de Mozart, Salieri le convida “Pezones de Venus”, bocaditos dulces. Así, sabemos que lo tientan la comida y los dulces. Entonces, por las condiciones de su personaje, antes de la presentación del gran compositor, sin conocerlo aún, Salieri entra a escondidas al salón de los postres para robar algún bocadillo. Allí ve a un pequeño ser vulgar y despreciable con una señorita. Luego descubrirá que se trata del mismísimo Wolfang Amadeus Mozart. El inconveniente de pensar, a partir de una situación sorpresiva, que esa caricatura de humano y aquel genio del arte son la misma persona enriquece de ahí en más toda la película.
En Shrek para siempre, Rumpelstiltskin, el nuevo villano principal de la saga, que reaparece con otra fisonomía diferente a la de Shrek Tercero, escucha un diálogo importantísimo y muy privado. Nada menos que de Shrek, el ser más odiado por Rumpelstiltskin, hablando con Fiona y confesándole que mejor hubiese sido no haberla conocido nunca. ¿Pero por qué es que este pequeño villano oye esta pertinente revelación? Porque justo pasaba por allí. ¡Qué suerte la de uno cuando al caminar por ahí se topa con el punto débil de su enemigo más odiado!
Lejos estamos de ponernos a llorar porque el conflicto de una película, y menos de una animación, se desencadene por un capricho argumental semejante. Pero pensar que los guionistas no hayan gastado ni siquiera una tarde de sus vidas para buscarle aunque sea una tonta justificación nos hace imaginar que tampoco han trabajado para el resultado del guión en su totalidad. Y mientras continuamos con el visionado se va comprobando cada vez más: chistes malos y situaciones emotivas “porque sí”, casi autoritarias. Creo que sólo me reí en la escena de los ojos tristes del Gato con Botas pero porque me vienen avisando en todos los avances, de esta y de las otras entregas, que es ahí donde debo reírme.
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